Cae el atardecer en estos primeros días de abril, un sol rojizo se posa
sobre las montañas y unas esponjosas nubes a su alrededor lo rodean, como su fuesen
unas mantas que cobijan a un niño antes de dormir. Estoy parado en el patio del
frente tirando la yerba usada en la mañana. Hace unos minutos que me desperté.
Duermo a des hora, como tarde, no tengo rutinas, es todo un gran domingo.
Contemplo el paisaje, disfruto de la desolación. En donde vivo, no hay muchas casas alrededor. Es
un barrio en crecimiento. Hay mucha gente humilde. Calle de tierra, terrenos
amplios, animales de granja, perros callejeros, a 50 metros una chacra con maíz,
son algunas de las cosas que componen el paisaje. Mis vecinos casi no existen,
al menos no los veo o si los veo los ignoro. Estoy por entrar, estoy pensando
en tomar mate, leer y escuchar música. Tengo que ponerme al día con mi trabajo,
con mis tareas académicas, con mis pasatiempos. Esta cuarentena ha socavado en
mi tiempo como si estuviese en pausa. Escucho un sonido que viene de tres casas
más adelante. Son mis vecinos. Una pareja joven, ella trabaja en un
supermercado, él maneja un taxi. Los conozco de haberlos visto por el pueblo.
Las caras nuevas son pocas. Somos todos viejos conocidos, aunque muchas veces anónimos.
Prefiero el anonimato. Me afirmo contra la pared mientras los escucho. Pienso
en que bien nos vendría tener unos sillones y una mesita en el patio, para
salir por las tardes a disfrutar del sol. El pasto esta algo seco y largo, nos
hace falta un árbol al frente. Los sigo escuchando y siento como irrumpen en el
paisaje. Lo contaminan. Decido entrar y cerrar la puerta. Seguir con mi vida,
con mis planes. Hago unos pasos, y los sonidos se detienen. Demasiado tarde,
siempre todo es demasiado tarde. El paisaje ya había sido contaminado por los
gemidos.
En algún rincón de Argentina, muchas historias se cuentan y muchas son escuchadas en el supermercado, en la fila del banco, en la ferretería o la farmacia. Muchas son reales, otras no tanto. Relatos de Pandemia.
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